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Quizá ella se presentó diciendo que era cachaca y que la fiesta le
parecía chusquísima, con un jurgo de comida y de gente, todos
filipichines y fosfas, ja ja ja y qué chévere y qué vainas, y que
tú ya hablas como un chapetón, porque es cierto que Jorge es muy
mimético y a poco de vivir aquí adoptó muchos modismos españoles.
Que se llamaba Esmarelda.
—¿Esmeralda?
—No. Esmarelda.
Un jugador de fútbol que no tiene que participar en rodajes de
publicidad o acontecimientos mediáticos dispone de mucho tiempo
libre. Jorge lo dedicaba a ver películas en DVD. Cada día podía
verse dos o tres. Era un erudito del cine.
—Esmarelda es el nombre de un personaje de Tarantino. Pulp Fiction.
Aparece una conductora de taxi que se llama Esmarelda Villalobos.
—Es que yo soy un personaje de Tarantino.
Luego, le preguntó si aquel chirriado de junto al piano era Duffy
Duncan, el mismo Duffy Duncan en persona, y confesó que le provocaba
conocer a la vaca sagrada. Ahora tenía la chance de saludarlo.
—Siquiera está usted aquí para presentármelo.
Sí, aquel chirriado (o sea macizo, como diríamos aquí) era Duffy
Duncan y, naturalmente, Jorge no tuvo ningún inconveniente en hacer
las presentaciones, claro que no, cualquier cosa con tal de quedar
bien con Betty Boop.
Se acercaron al grupo del piano.
—Eh, Duffy, quiero presentarte a esta chica que es colombiana, como
yo. —Jorge chapurrea bastante bien el inglés—. Se llama
Esmarelda.
A Duffy Duncan no le extrañó que alguien pudiera llamarse
Esmarelda. Sus ojos centellearon ante la belleza y los ojos de Betty
Boop le correspondieron con entrega incondicional. Aquello era el
principio de algo.
Sonaron violines y la imagen se difuminó con fotografía cursi de
Hamilton, la fiesta se llenó de luciérnagas y resultó que
Esmarelda hablaba muy bien el inglés, mucho mejor que Jorge que en
seguida quedó marginado, desencantado, otra vez en el banquillo.
Entonces sí, consideré que era el momento de acercarme a él como
si nada.
—¿Quién es?
En seguida supo a quién me refería.
—Una colombiana.
—¿Y qué hace aquí?
—Se ha metido de pato. —Una expresión colombiana para decir que
se había colado. Por lo visto, Jorge estaba recuperando su antigua
forma de hablar—. Dice que se llama Esmarelda, como el personaje de
la película Pulp Fiction.
—¿Quién le habrá puesto ese nombre? —comenté, liberando por
unos instantes la víbora que se retorcía en mi interior—. Su
padre no, porque la película no tendrá más de diez años...
—Trece —puntualizó el cinéfilo sin poder evitarlo.
—¿Quién le pone a una chica el mote de un personaje de Tarantino?
No sé si es un halago. Me pregunto qué debe de significar eso.
En seguida, la fiesta y la falta de temas de conversación nos
separaron. Me sacó a bailar Nacho Sueca, el representante de Jorge,
y abandoné a mi marido con sus pensamientos, sus tentaciones y su
copa intacta.
Mientras nos balanceábamos al ritmo de la música, Nacho Sueca me
dijo que había hablado con un productor de cine amigo suyo que me
iba a llamar para un cásting. Lo dijo como si fuera un intento de
seducción indecente. Aquel tipo era muy capaz de probarlo. Al final,
añadió:
—Sería muy bueno para Jorge que te dieran un papel en esa
película.
Ya se imaginaba los grandes titulares: «La esposa de Jorge Colombo
actuará en la película de Fulanito».
La esposa de Jorge Colombo.
Por encima de su hombro, pude asistir a los progresos de Betty Boop
en la conquista de Duffy Duncan.
Progresos vertiginosos.
La colombiana Comosellamase no precisó de grandes esfuerzos para
monopolizar la atención del norteamericano. Le encantaba practicar
su inglés y le parecía delicioso el acento de Duncan, a quien
hacía repetir algunas palabras por puro placer. Echaba la cabeza
hacia atrás y se reía ofreciendo el cuello a los dientes del lobo.
Los amigos del crac se alejaron discretamente y aprovecharon para
relajar las sonrisas, tal vez con los músculos del rostro doloridos.
La colombiana acarició la mano del delantero centro y le habló al
oído, y yo miraba a Jorge que los miraba y me preguntaba cómo debía
de sentirse.
Cómo debía de sentirse, sobre todo, cuando la parejita se hablaba
al oído con cuchicheos que casi eran besos, y terminó deslizándose,
invisible, hacia las escaleras que conducían al piso de arriba, y
subió por ellas rápidamente, descarada y traviesa, hasta
desaparecer en lo alto.
Me compadecí de Jorge. Me acerqué a él, aun cuando sabía que no
era la persona más indicada para consolarlo. Me dijo cualquier cosa
que no coincidía necesariamente con sus pensamientos ni con sus
sentimientos.
Galileo
Sorli tenía un amigo argentino, intelectual del fútbol, que también
adoraba a Borges y, además, sabía tocar el piano. De pronto, estaba
tocando Summertime
de
Gerschwin, The
entertainer de
Joplin y, cuando estaba en algo complicado de Sondheim, Duffy Duncan
reapareció en lo alto de la escalera, solo, sacando pecho, con
sonrisa de fluorescente, ojos inyectados en azul y abrochándose la
bragueta.
Bajó la escalera como aprendió a hacerlo en tantas películas de
los años 50 e interrumpió aquello de Sondheim que le parecía tan
aburrido para proponer el Every Breath You Take de The Police
porque está convencido de que canta muy bien (se rumorea que
quiere grabar un disco) y esa letra sí que se la sabe.
Duffy Duncan canta y la chica colombiana no aparece, Duffy Duncan
canta y Jorge tiene los ojos desamparados clavados en lo alto de la
escalera.
Duffy Duncan canta:
—Every breath you take
Every move you make
Every bond you break
Every step you take
I'll be watching you.
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