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ANTOLOGÍA
En este espacio iremos publicando diferentes textos de obras que recoge esta página.

Cabaret Pompeya
Cabaret Pompeya (cat).

Autor: Andreu Martín
Año: 2011

Reconstrucción histórica de la historia de BCN entre los años 1920 y 1975, cuando todo eran pistolas y bombas. 

Fue a abrir mi padre. Porque estaba exacerbado y el sonido del timbre disparó todos los resortes de su cuerpo y lo proyectó fuera de la silla y del comedor con tanto ímpetu como si pensara partirle la cara al intruso que acababa de interrumpir su mitin. ¿Quién será a semejantes horas? Un vecino. A ver qué pasa. El sonido de la puerta al abrirse fue seguido de un silencio tan denso que mi madre y yo, después de un instante de inquietud, nos dirigimos también al recibidor con la seguridad de que nos íbamos a encontrar con algo muy grave.

—¡Víctor!


El grito nos pilló por el pasillo y aceleró nuestros pasos. Mi padre se encontraba ante un hombretón de tórax enorme, una gran mata de pelo blanco, gafas de gruesos cristales y nariz prominente, ganchuda y soberbia. Vestía con modestia, una camisa de cuadros, pantalones de trabajo anchos, bastos y manchados, y una cazadora de piel de carnero, con las solapas recubiertas de espeso pelo amarillento. Contemplaba con plácida ternura a mi padre, que estaba plantado ante él, le daba cachetes y decía «Victorino, Victorino, la madre de Dios, me cago en la madre que te parió». Me fijé especialmente en los ojos del recién llegado. Pequeños, de mirada serena y firme, brillaban con lágrimas trémulas. Movía la cabeza afligido como un niño pillado en falta, había puesto sus manazas sobre los hombros de mi padre, y sólo atinaba a insertar palabras sueltas en su verborrea arrolladora. Le oí decir: «Lo siento. No pude. Necesitaba otra vida.»


—La Virgen, Victorino —decía mi padre—, estás vivo, si yo ya sabía que estabas vivo, cuando me lo dijo Miguel no me lo creí, por la manera como me lo dijo no me lo pude creer. Figúrate, si todos habíamos pasado por muertos. A mí me disteis por muerto en el frente del Ebro; a Miguel creímos que le habían aplicado la ley de fugas, ¿te acuerdas? Ahora te tocaba a ti. Le dije a Miguel: «¿Dónde ha muerto? ¿Cómo? Quiero ver el cuerpo», le dije. Y él: «Imposible». Digo: «No me lo creo, si no lo veo, no lo creo». Y aquí estás, la madre de Dios. Suerte que no sufro del corazón, cabrito, porque, si no, me matas, apareces aquí de pronto y me matas, cabrón... Siempre pensé que saldrías en el 69, ¿te acuerdas?, cuando prescribieron las responsabilidades políticas y los topos salían de sus escondites, ¿os acordáis?, todos aquellos que estuvieron escondidos en sótanos y cuevas durante treinta años y, de pronto, salieron a la luz. Entonces, pensé que saldrías tú y, cuando vi que no salías, me dije «¡Malo!», en ese momento dudé. Pero aquí estás, que yo sabía que estabas vivo...


Se abrazaron. Uno tan grandote e imponente, el otro tan esmirriado, «Victorino, la madre que te parió», con la voz estrangulada por el llanto.


—¿Te acuerdas? La última vez que nos vimos fue en Ca l’Agustí de la calle Vergara.


Mi madre también se había quedado de piedra al ver a aquel hombre. Se hizo oír entre las exclamaciones incongruentes de mi padre:


—¿Víctor? ¿Eres Víctor Luys?


Mi padre se volvió hacia ella, hacia nosotros. Entonces vi los lagrimones que caían por sus mejillas hundidas y mal afeitadas:


—¡Es Víctor! ¿Recuerdas que siempre te dije que estaba vivo? ¡Siempre dije que estaba vivo! Por la manera como me lo dijo Miguel. No le creí. Le dije «No me lo creo, Víctor no está muerto».


El visitante se dirigió a mi madre contemplándola con franca veneración.


—Montse —dijo—. Qué ojos y qué boca. Eso no cambia, ¿eh? Siempre tan hermosa. Siempre mucha mujer. —Se soltó de mi padre, lo dejó atrás y, con gran delicadeza, como para no estropear nada, besó las mejillas de mi madre al tiempo que murmuraba en un catalán muy catalán—: Tranquila, Montse, que hoy ya no traigo pistola. Se acabaron las pistolas. Ya no tenemos edad. Ella me miró de reojo, con aquella expresión tan suya de que no lo oiga el chico, y eso desvió la atención de Víctor Luys hacia mí. Me tendió la mano y, de la misma forma que, cuando había atendido a mi padre, no había nadie más en el recibidor y, cuando besó a mi madre, ella era la única protagonista en su vida; al acercarse a mí me sentí valorado, acogido, animado, vivo. El apretón fue calloso, de hierro, lleno de promesas y lealtad.


—Y tu eres el chaval. Coño, el chaval. Todo un hombre. ¿Qué edad tienes ahora?


—Treinta y uno.


—Òstima, treinta años. Cuando te conocí, acababas de nacer.


Tenías meses. Eras un renacuajo —dijo renacuajo en castellano—. Te vi antes yo que tu padre. Òstima, òstima. ¿Cómo te llamas?


—Jordi. I ja pots parlar català, que en aquesta casa parlem català.


—Imposible —se rió él. Dio un paso atrás para abarcar a los tres a la vez con la mirada y el gesto y, como mi padre quedaba incluído en el ámbito de su auditorio, continuó hablando en su castellano acatalanado—. Yo a tu padre lo conocí hablando en español. Qué digo español. En argentino. En auténtico lunfardo.


—Parodiaba—: Este, vihte, que sos un sofica siempre con el camandulaje, che... —Era una caricatura espantosa, pero él se reía de sí mismo y volvía a pasar su brazo por encima de los hombros de mi padre, que había cerrado la puerta, y le daba un achuchón cómplice—: ¿Te acuerdas? Le llamábamos
El Fueye, ¿te acuerdas? El Fueye.

Replicaba mi padre:


—Y tú Victorino.


—Los tres del Pompeya —remataba el otro, orgulloso de su pasado.


Siguió un parpadeo simultáneo, significativo y doloroso. Yo me pregunté quién sería el tercero del Pompeya. Avanzábamos hacia el comedor.


—Bueno, ¿cuál es el último? —preguntó.


—¿El último?


—Coño, el último chiste.


—Uy —hizo mi padre, como avergonzado.


Víctor lo observaba con un brillo expectante en los ojillos y un anuncio de risa en la boca fruncida. Mi padre se animó:

—Dice que era un hombre tan pequeño, tan pequeño, tan pequeño que no le cabía la menor duda.

Víctor estalló en una carcajada espléndida, un premio exagerado para un chiste tan viejo, pero tan generosa, limpia, espontánea y llena de vida que mi madre y yo permitimos que se nos contagiara aunque me conste que, hasta aquel momento, nos habíamos estado resistiendo a la alegría.


—Tendremos que abrir una botella de champán, que esto hay que celebrarlo —dijo mi padre mientras nos sentábamos alrededor de la mesa—. Montse: saca otra botella de champán, que ésta está esbravada. ¿Has cenado?


—Bueno, me he tomado un bocadillo en el bar de abajo. No sabía si subir a estas horas. He visto que la portería estaba abierta y me he dicho «Qué coño». Pero vosotros cenad, cenad.


—Qué joder. Íbamos por el primer plato y tú también comerás un poco. Ah, a las diez, dentro de un momento, van a dar el parte del equipo médico habitual. A ver si hoy hablan de las cacas en forma de melena... ¿Pero dónde coño te habías metido?


—En un pueblo de la sierra del Cadí, cerca de Andorra


—respondió el visitante—. Tengo una casa, un terreno, cuatro vacas, cuatro ovejas, gallinas, conejos, una mujer, dos hijos... ¿Sabes quién se vino a vivir conmigo? Xavi, el hijo de Teresa. Evocaciones de este tipo conseguían llenar de lágrimas los ojos otra vez. A mi padre se le curvaba la boca de ternura:

—Xavi... Javierito.

—Al final, lo encontré. Lo estuve buscando, lo localicé y, en fin, una vida nueva —resumía Víctor—. Ya te contaré.


—No te imagino de payés.


—Bah, no es difícil. Se trabaja de sol a sol, pero al menos comemos bien. Y, mientras trabajas, no piensas.


—Pero, por fin, has venido.


—Son momentos muy importantes y tenía que pasarlos contigo. Como si hubiéramos llegado al último capítulo, ¿no te parece? No quería pasarlo allí solo. No tenemos tele y los chavales no han vivido nada. He venido a recordar los viejos tiempos. Que no se nos olviden.


—Cómo se nos van a olvidar.


—¿Cómo era aquel de la nena que llevaba la vaca al toro?


—Ah, sí. La niña que va con una vaca por el campo, y se encuentra con dos de ciudad que le dicen: «¿Dónde vas, nena?». Dice ella: «A llevar la vaca al toro». Y le dicen: «¿Y esto no puede hacerlo tu padre?». Y la niña: «No: tiene que ser el toro».


—¡Ja ja ja ja ja!


Iniciaron una larga, larguísima, interminable conversación sobre los viejos tiempos.


Y yo escrutaba el rostro de mi madre como si fuera la primera vez que lo veía, y descubrí que efectivamente tenía una mirada hermosa y poderosa y unos labios gruesos, de línea delicada. Y me preguntaba cómo podía haber vivido con aquella mujer toda mi vida sin darme cuenta de ello, fijándome únicamente en sus arrugas y su papada y en su despeinado y su mueca despectiva que, si uno se fijaba bien, eran meros añadidos que no conseguían arrebatar la belleza al conjunto. De pronto, comprendía por qué mi padre podía haberse enamorado un día de ella.


En ese momento me dije que siempre debería estar agradecido a Víctor Luys por haberme ayudado a ver a mi madre de aquella manera.


(...)

Un día, los llevó a él y a Miguel a un mitin en un teatro de Barcelona. En el escenario, tras una mesa, había una serie de personajes políticos lanzando sus encendidos discursos. En un momento dado, el pequeño Víctor le dijo a su padre:

—No entiendo lo que dicen.


Y su padre le respondió:


—No están hablando contigo. Ni conmigo. Hablan entre ellos. Nosotros sólo somos el tema de conversación.


Tal como había prometido a Juliol, una vez en casa les habló de la violencia:


—Tal vez haya que destruir para volver a construir, pero lo malo es que quien sabe destruir difícilmente sabrá construir. Y yo prefiero que seas de los que construyen.


Víctor había retenido discursos enteros de su padre y los había convertido en lemas de su vida.
El blues de la semana más negra
El blues de la setmana més negra (cat)

Autor: Andreu Martín
Año: 2007


Una nueva novela en la que se mezcla metaliteratura y música.

... yo me voy a duchar! Cuando te termines el martini, sube, que te espero.

No podía salir por la puerta, ya no me daba tiempo, me encontraría cara a cara con el hombre en cuanto traspasara el umbral. No me quedaba más salida que el ventanal y la terraza. Tuve que dejar el saxo en el suelo para abrir el ventanal y recogerlo antes de saltar al aire libre y dejarlo a suelo de nuevo para volver a cerrar, sin golpear, precisamente cuando el hombre irrumpía en la habitación.

Era un tipo alto y firme, muy elegante, con camisa crema y foulard primorosamente anudado al cuello. Ahora, se lo estaba desanudando igual de primorosamente.

Yo lo observaba desde la terraza. Vi como sacaba del bolsillo una pequeña caja, de las que sirven para exponer joyas, y la colocó sobre un mueble con mucho cuidado. Movía las manos con los meñiques muy erectos.

Entonces, vi mis calcetines a los pies de la cama. Era imposible que aquel hombre no los hubiera visto, era incomprensible que yo mismo no los hubiera visto, estaban allí como dos banderas negras y apestosas reclamando la atención de los cinco sentidos del propietario de la casa. Me sentí al borde del ataque cardíaco y mil ideas absurdas pasaron por mi cabeza. Pensé que la policía los analizaría y encontraría las huellas dactilares de mis pies y aquello no haría más que agravar mi caso. Estuve a punto de gritar.

El hombre, entretanto, tal vez ofuscado por el amor, no había visto ni olido nada, se estaba quitando la ropa y la iba dejando sobre la cama. Chaqueta y pantalones, camisa, calzoncillos y unos calcetines mucho menos acartonados que los míos.

Después de dirigir una intensa mirada a la cajita de la joya que quedaba encima del tocador, se metió en el cuarto de baño. Tuve miedo de que pisara un cristal. Nunca se sabe si los has recogido todos.

En seguida oí correr el agua de la ducha.

Dejé el cubo de la basura en el suelo, abrí el ventanal y salté al interior de la habitación para rescatar mis calcetines malolientes.

Deposité el saxo sobre la cama y me agaché para recogerlos.

En ese preciso momento, la voz de la mujer, a menos de dos metros, provocó un cortocircuito en mi sistema nervioso.


¡Lucas! ―dijo.

No me había visto porque me ocultaba la cama. Me pegué al suelo como un lagarto y me deslicé bajo la cama, como un ladrón de historieta.


¡Estela! ―canturreaba el hombre desde el interior del baño―. ¡Espera! ¡No entres todavía!

¡Ooooh! ―oí que exclamaba ella―. ¿Qué es esto?


Tanto Lucas como yo supusimos que acababa de ver la cajita de joyería depositada sobre el tocador.


¡Una sorpresa! ―dijo Lucas.

¿Puedo abrirlo?

¡Ábrelo, ábrelo! ―la invitaba él.

Cerré los ojos. Se me hizo evidente que la mujer no se había fijado en la cajita de joyería sino en un paquete mucho más vistoso. La funda de mi saxo. Imaginé que en aquel momento lo estaba abriendo. Yo tenía un escalofrío clavado en mi columna vertebral, como la zarpa de una tigresa.


Oooh ―hizo la mujer con tono un tanto desmayado.

¿Te gusta? ―preguntaba Lucas desde el baño.

Mucho ―dijo ella sin convicción―. Es muy... muy...

¿Brillante?

Sí, muy brillante.

Es verdad: siempre tengo el saxo muy brillante.


El domingo, cuando te presente a mi familia, me gustará ver la cara que pone Lucrecia, mi cuñada. Ella que siempre presume del que le regaló mi hermano...

Estela no tenía palabras.


Bueno, ¿qué me dices? ―insistía el hombre desde la ducha, quizá un poco inquieto por la falta de respuesta entusiasta―. ¿Qué te parece?

Ella tardó unos segundos en responder, acaso buscando la expresión más amable.


Sí... Bueno... Hombre, yo sobre todo toco el piano, pero hice dos años de clarinete.

Afirmación extraña que seguramente Lucas no esperaba en absoluto. Cuando uno regala un anillo de diamantes o un collar de perlas o un camafeo o lo que sea que hubiera en aquella caja no espera una declaración parecida. Ahora fue Lucas quien marcó una pausa de unos instantes.


¡No te preocupes por eso! ―se rió, al final―. Cuando tienes una joya como ésta, ya no tienes que hacer méritos de ninguna clase. Da igual que sepas tocar el piano, el clarinete, o cocinar, o hacer el triple salto mortal. Nadie te lo pedirá.

Bueno... ―comentó Estela, tímida y modesta.

Sólo tienes que llevarlo puesto. Ya te imagino cuando entres en el restaurante con esta joya colgada del cuello...

Sí, claro.

¡Causarás sensación!

Seguro, seguro.

Y ahora, hazme un favor, Estela... ¿Por qué no te lo pones? ¿Por qué no te desnudas, y te lo pones... y vienes aquí, a la ducha conmigo?

¿A la ducha? ¿No se va a estropear?

¡Claro que no se va a estropear! ¿De qué te crees que está hecho? ¿De papel? Venga, desnúdate y cuélgatelo, por favor. Hazme este placer. ¡Estarás tan sexy...!

Bueno... ―Ella no estaba tan segura de eso, pero cada uno tiene sus manías―. De acuerdo.

Desde debajo de la cama, pude ver como iban cayendo prendas de ropa alrededor de sus pies. Durante unos minutos, sólo se oyó el ruido del agua sobre el plato de la ducha, como una lluvia persistente.

Por fin, la chica tomó la determinación y se dirigió al cuarto de baño.

No lo vi, pero me imaginé a Lucas expectante, en pelotas, con ojos de mirar mujeres desnudas, únicamente decoradas con un collar o un camafeo, y la expresión que debía de ponérsele al verla entrar con un saxofón que, de repente, empezó a berrear como una elefanta en celo.

Siguió un estrépito que me hizo pensar que el hombre debía de haber pegado un bote, al mismo tiempo que un chillido, y debió de resbalar sobre el plato de la ducha para caer aparatosamente. Estela, con voz de plañidera, le preguntó si se había hecho daño.

Después, siguió el diálogo previsible:


¿Qué haces con eso?

Es tu regalo...

¿De dónde lo has sacado?

Estaba ahí, en el estuche...

¡No era eso lo que había en el estuche! ¡No cabe!

¡Ahí!

¡En el tocador! ¡Un camafeo antiguo!

Se callaron mientras se trasladaban al dormitorio para que el hombre demostrase que estaba diciendo la verdad y, entonces, en el instante de silencio que se formó, pudimos oír claramente el timbre de la puerta principal.


Bellísimas personas
Bellíssimes persones (cat)
Bien sous tous rapports (fr)

Autor: Andreu Martín
Año: 2000

 

Los periódicos hablaban de las conversaciones de paz entre Israel y Egipto en Camp David. Continúan llegando noticias de un espantoso terremoto que hubo en Irán. Es todo lo que tengo. Habrá que hacer hemeroteca.

Los teléfonos de las cabinas del paseo de Gracia han sido destrozados por los vándalos urbanos, nueva demostración de que la maldad corre libre por las calles y que no se puede ir de inocente por la vida. No puede telefonear hasta las siete menos cuarto. Primero a información de Telefónica, 003, para pedir el número de la familia Biaix que vive en la calle de Casanova, espere, que aquí tengo la dirección exacta... Después, dedos trémulos, por primera vez Ramón Estévez se mete en la piel de un secuestrador.

Tendrá que hacer creer a la persona que se ponga al aparato que es un delincuente peligroso, miembro de una banda organizada que no tendrá ningún escrúpulo si no le dan lo que pide.

Una vez más, me pregunto qué siente y cómo reacciona una persona en unas circunstancias que no he vivido. La mujer que descuelga el auricular del teléfono a las siete menos cuarto de la mañana, probablemente aún en la cama, tiene los ojos hinchados y pesados, la voz áspera y oye que le dicen que su madre ha sido secuestrada.

¿Diga?

¿Es la señora de Biaix?

¿Sí?

¿Elisa Castellar de Biaix?

Sí.

Tenemos secuestrada a su madre.

Tal vez fue por la manera como lo dijo. Con tan poca convicción que la hija de la señora Moll no pudo creerle.

¿Qué dice?

Que tenemos secuestrada a su madre y que... si quieren volver a verla viva, tendrán que pagar dos millones de pesetas.

¿Pero qué está diciendo? ¿Usted sabe qué hora es?

Escúcheme, le estoy hablando en serio...

¡Venga ya!

Cortan la comunicación y Ramón Estévez se queda boquiabierto, sin aliento, tembloroso, incapaz de creer lo que le está pasando.

Y, al otro lado, Elisa Castellar con el corazón en un puño, despertando a su marido, «ha llamado un hombre», «¿qué quería?, ¿qué te ha dicho?».

No tengo noticia de que Ramón Estévez volviera a intentarlo inmediatamente. Me he metido lo bastante en su piel como para comprender que su amor propio acababa de recibir un golpe demasiado fuerte. Le veo desconcertado, ofendido, enfurecido, mientras se aleja de aquella cabina y regresa adonde ha dejado el coche. Mastica la rabia: «Les daré un poco de tiempo. Que la echen en falta, que la busquen, que sufran...»

Va a la calle Ganduxer, al edificio donde trabaja (PISOS GRAN ESTÁNDING). Baja al aparcamiento. El montón de arena. ¿Habrá rastos de sangre? Operarios que van y vienen, la hormigonera ruidosa en marcha, la normalidad ha invadido el escenario del crimen. No ha pasado nada. No ha pasado nada. Sin que le vean, parapetado detrás del coche, deja la pala al lado del montón de arena. Como si nada, un poco tenso pero nada, «no se te nota nada, Ramón», se acerca a uno de los albañiles.

¡Eh! Si alguien pregunta por mí, decid que estoy en casa, que no me encuentro bien.

Sí que hace mala cara es el comentario del trabajador.

¿Mala cara?

Sale con el coche. Va a buscar la avenida del Vall d'Hebron, hacia la carretera de Cerdanyola. ¿Mala cara? Consulta al espejo retrovisor. Quizá sí que se le nota que no ha dormido mucho. Ya va bien. Aunque la fantasía recree espantosas escenas futuras en que un albañil declara a la policía «Le vi en el rostro que no tenía la conciencia limpia». Se mira una y otra vez en el retrovisor. Llega a un vertedero solitario. Rápidamente, furtivamente, tira para un lado los zapatos plateados y de rejilla, para otro lado el paraguas plegable y estampado.

Se va a su casa. Pepi no está. Debe de estar tratando de endilgarle enciclopedias en catalán a alguna escuela. Cuando llegue y se sorprenda de encontrarlo en cama, le dirá que le duele la cabeza, que tiene fiebre.

Entretanto, Elisa Castellar va al domicilio de su madre, en Rambla de Cataluña. «¡Mamá! ¡Mamá! ¿Estás ahí? ¿Me oyes?». La portera no la ha visto entrar ni salir. Ni ayer tampoco, ni anteayer, porque los sábados y domingos la portera tiene fiesta. La señora Moll, con frecuencia, sale de excursión de fin de semana con las amigas. Elisa querría recordar el nombre de aquella señora francesa que conoció la madre este verano pasado, en Rumania. Sabe que últimamente juegan a bridge en algún club. No recuerda el nombre de la amiga ni el nombre del club. ¿Tiene agenda su madre? No encuentra agenda. Tampoco encuentra el monedero, ni la documentación. Es imposible que la hayan secuestrado. Elisa dice y repite que es imposible que hayan secuestrado a su madre. En España no secuestran a la gente. Seguro que la llamada ha sido una gamberrada. Llamaría a Merceditas, a Londres, pero le dirá que es idiota, que es una crédula, que siempre está dispuesta a sufrir por nada. El que llamó era un borracho, seguro. No hablaba como un secuestrador. ¿Cómo hablan los secuestradores?


Hat Trick

Autor: Andreu Martín
Año: 2008

Trepidante novela de acción que introduce el género negro en el mundo del fútbol. Cuando el jugador colombiano se tropieza con la mujer fatal colombiana que lleva tras de sí a una banda de narcotraficantes colombianos.

Quizá ella se presentó diciendo que era cachaca y que la fiesta
le parecía chusquísima, con un jurgo de comida y de gente, todos filipichines y fosfas, ja ja ja y qué chévere y qué vainas, y que tú ya hablas como un chapetón, porque es cierto que Jorge es muy mimético y a poco de vivir aquí adoptó muchos modismos españoles.

Que se llamaba Esmarelda.

—¿Esmeralda?

—No. Esmarelda.

Un jugador de fútbol que no tiene que participar en rodajes de publicidad o acontecimientos mediáticos dispone de mucho tiempo libre. Jorge lo dedicaba a ver películas en DVD. Cada día podía verse dos o tres. Era un erudito del cine.

—Esmarelda es el nombre de un personaje de Tarantino. Pulp Fiction. Aparece una conductora de taxi que se llama Esmarelda Villalobos.

—Es que yo soy un personaje de Tarantino.

Luego, le preguntó si aquel chirriado de junto al piano era Duffy Duncan, el mismo Duffy Duncan en persona, y confesó que le provocaba conocer a la vaca sagrada. Ahora tenía la chance de saludarlo.

—Siquiera está usted aquí para presentármelo.

Sí, aquel chirriado (o sea macizo, como diríamos aquí) era Duffy Duncan y, naturalmente, Jorge no tuvo ningún inconveniente en hacer las presentaciones, claro que no, cualquier cosa con tal de quedar bien con Betty Boop.

Se acercaron al grupo del piano.

—Eh, Duffy, quiero presentarte a esta chica que es colombiana, como yo. —Jorge chapurrea bastante bien el inglés—. Se llama Esmarelda.

A Duffy Duncan no le extrañó que alguien pudiera llamarse Esmarelda. Sus ojos centellearon ante la belleza y los ojos de Betty Boop le correspondieron con entrega incondicional. Aquello era el principio de algo.

Sonaron violines y la imagen se difuminó con fotografía cursi de Hamilton, la fiesta se llenó de luciérnagas y resultó que Esmarelda hablaba muy bien el inglés, mucho mejor que Jorge que en seguida quedó marginado, desencantado, otra vez en el banquillo.

Entonces sí, consideré que era el momento de acercarme a él como si nada.

—¿Quién es?

En seguida supo a quién me refería.

—Una colombiana.

—¿Y qué hace aquí?

—Se ha metido de pato. —Una expresión colombiana para decir que se había colado. Por lo visto, Jorge estaba recuperando su antigua forma de hablar—. Dice que se llama Esmarelda, como el personaje de la película Pulp Fiction.

—¿Quién le habrá puesto ese nombre? —comenté, liberando por unos instantes la víbora que se retorcía en mi interior—. Su padre no, porque la película no tendrá más de diez años...

—Trece —puntualizó el cinéfilo sin poder evitarlo.

—¿Quién le pone a una chica el mote de un personaje de Tarantino? No sé si es un halago. Me pregunto qué debe de significar eso.

En seguida, la fiesta y la falta de temas de conversación nos separaron. Me sacó a bailar Nacho Sueca, el representante de Jorge, y abandoné a mi marido con sus pensamientos, sus tentaciones y su copa intacta.

Mientras nos balanceábamos al ritmo de la música, Nacho Sueca me dijo que había hablado con un productor de cine amigo suyo que me iba a llamar para un cásting. Lo dijo como si fuera un intento de seducción indecente. Aquel tipo era muy capaz de probarlo. Al final, añadió:

—Sería muy bueno para Jorge que te dieran un papel en esa película.

Ya se imaginaba los grandes titulares: «La esposa de Jorge Colombo actuará en la película de Fulanito».

La esposa de Jorge Colombo.

Por encima de su hombro, pude asistir a los progresos de Betty Boop en la conquista de Duffy Duncan.

Progresos vertiginosos.

La colombiana Comosellamase no precisó de grandes esfuerzos para monopolizar la atención del norteamericano. Le encantaba practicar su inglés y le parecía delicioso el acento de Duncan, a quien hacía repetir algunas palabras por puro placer. Echaba la cabeza hacia atrás y se reía ofreciendo el cuello a los dientes del lobo.

Los amigos del crac se alejaron discretamente y aprovecharon para relajar las sonrisas, tal vez con los músculos del rostro doloridos.

La colombiana acarició la mano del delantero centro y le habló al oído, y yo miraba a Jorge que los miraba y me preguntaba cómo debía de sentirse.

Cómo debía de sentirse, sobre todo, cuando la parejita se hablaba al oído con cuchicheos que casi eran besos, y terminó deslizándose, invisible, hacia las escaleras que conducían al piso de arriba, y subió por ellas rápidamente, descarada y traviesa, hasta desaparecer en lo alto.

Me compadecí de Jorge. Me acerqué a él, aun cuando sabía que no era la persona más indicada para consolarlo. Me dijo cualquier cosa que no coincidía necesariamente con sus pensamientos ni con sus sentimientos.

Galileo Sorli tenía un amigo argentino, intelectual del fútbol, que también adoraba a Borges y, además, sabía tocar el piano. De pronto, estaba tocando Summertime de Gerschwin, The entertainer de Joplin y, cuando estaba en algo complicado de Sondheim, Duffy Duncan reapareció en lo alto de la escalera, solo, sacando pecho, con sonrisa de fluorescente, ojos inyectados en azul y abrochándose la bragueta.

Bajó la escalera como aprendió a hacerlo en tantas películas de los años 50 e interrumpió aquello de Sondheim que le parecía tan aburrido para proponer el Every Breath You Take de The Police porque está convencido de que canta muy bien (se rumorea que quiere grabar un disco) y esa letra sí que se la sabe.

Duffy Duncan canta y la chica colombiana no aparece, Duffy Duncan canta y Jorge tiene los ojos desamparados clavados en lo alto de la escalera.

Duffy Duncan canta:

Every breath you take

Every move you make

Every bond you break

Every step you take

I'll be watching you.


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ANDREU MARTÍN
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